InicioCuaderno de viajeVenecia

Venecia: el laberinto sobre el agua

1 min

Tras recorrer la costa del Adriático por Croacia, Montenegro y Eslovenia, el viaje ha terminado en Venecia. Es una ciudad que, pese a lo conocido de su imagen, impone su propia lógica en cuanto se pone un pie en ella.

Su estructura de islas comunicadas por puentes y pasadizos crea un trazado donde la orientación es secundaria. Lo más interesante es aceptar ese desorden y recorrer sus rincones sin la rigidez de un mapa, descubriendo cómo la piedra y el agua han convivido durante siglos en un equilibrio que parece imposible.

El Gran Canal articula toda esta red. Más que una avenida fluvial, es un inventario de arquitectura donde se observa la evolución de los palacios venecianos. Ver el paso de las embarcaciones desde sus orillas permite entender la escala de la ciudad y cómo el agua condiciona cada aspecto de la vida cotidiana.

La Plaza de San Marcos sigue siendo el punto de referencia ineludible. La basílica y el Campanile dominan un espacio que conserva su peso histórico a pesar del flujo constante de visitantes. Detenerse en alguno de sus cafés, como el Florian, permite observar el pulso de la plaza con cierta distancia, asimilando el poso del tiempo en sus fachadas.

Ese peso histórico se hace más evidente en el Palacio Ducal, donde la arquitectura gótica veneciana sirve de marco a siglos de administración y poder. Cerca de allí, el Museo Correr ofrece un contrapunto necesario para entender cómo era la vida diaria y la organización de la antigua República.

Más allá de los grandes hitos, la identidad de Venecia aparece en los detalles: en la actividad matinal del Mercado de Rialto, en la discreción de los talleres de máscaras o en la quietud de los canales secundarios. En estos barrios menos transitados es donde se recupera el silencio y se aprecia la ciudad real, la que se sostiene sobre un bosque de pilares que siguen desafiando el paso del tiempo.

Basílica de Santa Maria della Salute
Basílica de Santa Maria della Salute
Basílica de San Giorgio Maggiore
Basílica de San Giorgio Maggiore

Burano y Murano: el perfil de la laguna

La experiencia se completa al salir del núcleo principal hacia otros puntos de la laguna. Murano y Burano tienen un carácter distinto, marcado por la artesanía y el color, y ofrecen un ritmo mucho más pausado que el del centro veneciano.

Burano: el color y la tradición del encaje

Burano destaca de inmediato por sus fachadas de colores intensos. Más allá de la estética, esta particularidad responde a una necesidad práctica del pasado: se dice que los pescadores pintaban sus casas para reconocerlas fácilmente al regresar entre la niebla de la laguna. Hoy, esa costumbre se mantiene bajo una normativa estricta que obliga a los vecinos a cuidar el aspecto de sus viviendas, lo que define el carácter visual de la isla.

Pero la identidad de Burano también reside en su artesanía. El encaje de hilo (merletto) es una tradición centenaria que se ha transmitido de generación en generación y que todavía puede verse en algunos talleres locales. Caminar por sus calles permite observar este oficio de cerca, lejos de la grandilocuencia de los palacios venecianos y en un entorno que conserva un ritmo de vida mucho más pausado. Es un lugar que se presta a la pausa, ya sea en sus plazas pequeñas o en los restaurantes que sirven el pescado fresco de la laguna.

Murano: el vidrio y la serenidad mediterránea

Murano, situada a poca distancia, ha sido el centro de la industria del vidrio desde el siglo XIII. Los artesanos se trasladaron aquí para evitar el riesgo de incendios en Venecia y, desde entonces, han perfeccionado la técnica del soplado hasta convertirla en un referente mundial. Visitar una de sus fábricas permite ver en directo la precisión de los maestros vidrieros, un trabajo que requiere una habilidad técnica difícil de asimilar a primera vista.

Lo más destacable de Murano es el contraste que ofrece respecto al núcleo principal de Venecia. Aquí los canales parecen más anchos y la afluencia de gente disminuye, lo que genera un ambiente mucho más sereno. Es una isla para recorrer sin la presión de los grandes monumentos; basta con detenerse ante las vitrinas de los talleres o entrar en el Museo del Vidrio para entender la evolución de este oficio. En Murano, el tiempo parece dilatarse entre puentes pequeños y cafés junto al canal, lo que supone un respiro necesario antes de volver al bullicio del centro.

Burano
Burano
Murano
Murano
Gran Canal de Venecia
Gran Canal
Giudecca
Giudecca

Ver más fotos

Contenido destacado