A menudo ignorada por quienes buscan el impacto inmediato de las Montañas Rocosas, Saskatchewan es un lugar que obliga a cambiar la escala de medida. Aquí, la geografía no se basa en picos nevados, sino en cielos abrumadores y una llanura donde cualquier elemento vertical, ya sea un silo de grano, una iglesia solitaria o la silueta lejana de una ciudad, cobra una relevancia casi monumental.
Lo primero que llama la atención es el ritmo de vida. Hay una calma profunda, un ambiente sosegado que impregna las ciudades, aunque este silencio contrasta con una cultura urbana muy volcada hacia los centros comerciales y los restaurantes. Para un europeo, resulta impactante la magnitud de las hamburgueserías; no solo por su ubicuidad, sino por una escala en las raciones y en los propios locales que parece diseñada para igualar la inmensidad del paisaje exterior.
Regina, la capital, permite asomarse a la historia de las praderas a través del centro de entrenamiento de la Real Policía Montada y el parque Wascana. Sin embargo, uno de sus rincones más curiosos es el Casino Regina, ubicado en la imponente estructura de la antigua estación de ferrocarril. Entré por la simple curiosidad de experimentar qué se siente al jugar en un entorno así. Aposté sin grandes pretensiones y, tras ganar 11,16 dólares canadienses, decidí que era el momento de parar. Me retiré con esa pequeña victoria, evitando la clásica trampa de creer que «estaba en racha», y disfruté más de la observación del lugar que del juego en sí.
Saskatoon, por su parte, añade un matiz distinto con su aire universitario y el río Saskatchewan del Sur, que articula la ciudad con puentes y senderos. El arte moderno del Remai Modern y el legado del Museo Ucraniano de Canadá ofrecen un contrapunto cultural a la vida comercial del centro, que sigue siendo el punto neurálgico de encuentro para los locales.
A poca distancia, Moose Jaw conserva un encanto algo más nostálgico. Sus túneles subterráneos, famosos por las leyendas de la época de la ley seca, y sus murales históricos narran un pasado de frontera que aún se respira en el ambiente. Es una ciudad que, como el resto de la provincia, no necesita estridencias para justificarse.
Saskatchewan no es un destino de postal rápida. Es una región de distancias largas y cielos vivos que invita a entender Canadá desde su centro, allí donde la vida transcurre entre la serenidad de los campos de trigo y la desmesurada escala de sus avenidas comerciales.
