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Oslo: luces de otoño y orden nórdico

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He huido tres días a Oslo, una ciudad que en esta época del año se mueve entre la luz baja del otoño y la inminencia del invierno. El frío ya se hacía notar, pero los tonos cálidos de la vegetación en los parques y bosques cercanos compensaban la temperatura, y han hecho de cada paseo una experiencia visualmente muy distinta a lo que esperaba del norte.

Lo que más se percibe al recorrer sus calles es un civismo silencioso y una organización urbana volcada en el bienestar. Oslo se percibe como una capital moderna y amable, donde el desarrollo parece haber encontrado un equilibrio natural con el entorno, sin las estridencias de otras metrópolis europeas.

La identidad de la ciudad está muy ligada a su historia y a su relación con el exterior. En el parque de Vigeland, la densidad de las esculturas de bronce y granito crea un espacio de contemplación único. Por otro lado, la península de Bygdøy permite asomarse al pasado explorador de Noruega: desde la estructura de madera de los barcos vikingos hasta el Museo del Fram, que narra la dureza de las expediciones polares.

El contraste arquitectónico define el centro de la ciudad, con la solidez del Ayuntamiento frente a la ligereza visual de la Ópera. Este edificio de mármol y vidrio, que emerge del fiordo como un iceberg, invita a caminar por su cubierta para entender, desde arriba, la escala de una ciudad sofisticada.

Sin embargo, el contrapunto definitivo a este despliegue urbano lo encontré en los alrededores: en busca de un momento de desconexión, me acerqué al lago Sognsvann, donde la niebla se posaba sobre el agua y los senderos boscosos hasta disolver cualquier rastro de la capital en una quietud absoluta.

Fachadas modernas y vida portuaria en el canal de Aker Brygge
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