Es en el ascenso vertical desde las orillas del Duero donde Oporto revela su verdadera naturaleza. En esta ciudad de granito y azulejos, la elegancia barroca convive con una decadencia que parece detenida en el tiempo. A diferencia de otros destinos de postal, permanece como un lugar donde la vida cotidiana, con su ropa tendida en balcones de hierro y el eco de las cuestas empinadas, se resiste a desaparecer bajo el barniz del turismo moderno.
Caminar por sus calles supone enfrentarse a un relieve exigente, pero a cambio ofrece una perspectiva constante del río y de las bodegas de Vila Nova de Gaia que custodian el vino desde hace siglos. El peso del granito en sus iglesias y edificios públicos le otorga un aire serio, casi austero, que solo se rompe con el color de las fachadas cerámicas y el bullicio de las tabernas cerca del muelle.
Surcar el último tramo del Duero o perderse por los barrios altos permite entender esa identidad portuaria y bohemia que define a la ciudad. En Oporto, el lujo de lo antiguo no está en lo impecable, sino en la solera de sus tiendas tradicionales y en la pausa necesaria para degustar un vino que lleva el nombre de la ciudad por todo el mundo. Es, en esencia, un lugar de contrastes que se descubre mejor sin prisas, aceptando el desgaste de sus muros como parte de su propia historia.

