Viaje a Lyon

Este mes me ha dado por hacer un viaje de relleno (para no «perder músculo»). Y el azar, ese gran aliado de la creatividad, me ha conducido a Lyon, una ciudad que parece construida a propósito para disfrutarla callejeando.

Considerada la capital gastronómica de Francia, esta carismática ciudad encajonada entre los cursos del Saona y el Ródano debe gran parte de su encanto a su excepcional riqueza urbanística y a los bouchons, típicos restaurantes lioneses.

Lyon también debe parte de su encanto a una particularidad arquitectónica: las traboules, pasajes que atraviesan los patios interiores de varios edificios dando paso de una calle a otra por el interior de la manzana.

Si los mercados franceses ya son, por sí solos, pequeños ecosistemas culinarios, en Lyon, candidata a capital de la gastronomía mundial, no hay nada como saborear el ambiente animado del espléndido Marché Saint-Antoine, a orillas del río Saona.

El casco antiguo de Lyon, al pie de la colina de Fourvière, es uno de los conjuntos renacentistas más extensos de Europa. Un paseo por el Viejo Lyon es un paseo a través de siglos de historia. Este es también el barrio de los bouchons, cuyo nombre proviene de la antigua costumbre de poner una figura de paja con forma de boca (bouche) en la puerta de los establecimientos donde se servía vino. Aquí las calles están llenas de sorpresas. En cualquier momento podéis topar con una banda de música disfrazada de lo que sea, dispuesta a alegraros la tarde.

Lyon no es, quizá, una ciudad de grandes monumentos. Es su ambiente y su gente lo que enamora, y ello es lo que he de agradecer a este lugar. Ha sido la gente, con su afecto (y su paciencia infinita con mi incontinencia fotográfica, dicho sea de paso), lo que ha hecho de esta escapada una experiencia memorable.

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