El azar, ese cómplice perfecto de la aventura, me ha guiado este mes hasta Lyon, una ciudad que parece diseñada para el ejercicio del flâneur. Es un enclave donde el trazado invita a caminar sin rumbo fijo; allí se comprende que el verdadero descubrimiento no está en los grandes monumentos, sino en la escala de sus calles y en la fisonomía que le otorgan los ríos Saona y Ródano.
Esta ciudad, reconocida a menudo como la capital gastronómica de Francia, basa parte de su identidad en los bouchons. Estos restaurantes tradicionales deben su nombre a la antigua costumbre de colocar un fajo de paja (el bousche) en la entrada de las tabernas para señalarlas. Entrar en uno de ellos permite asomarse a una cocina de raíz, contundente y sin artificios, que refleja el carácter pragmático de la región.
Esa misma singularidad se traslada a la arquitectura a través de las traboules. Estos pasajes, que atraviesan patios interiores para conectar una calle con otra, permiten recorrer la ciudad de forma casi secreta. Originalmente utilizados por los trabajadores de la seda para transportar sus telas protegidas de la lluvia, hoy constituyen una red de atajos que rompe la rigidez del mapa urbano.
El mercado de Saint-Antoine Célestins, junto a la orilla del Saona, es el lugar donde mejor se percibe la cultura del producto local. Lejos de ser solo un punto turístico, mantiene una actividad frenética y vecinal; es un espacio donde la variedad de quesos, embutidos y hortalizas muestra la importancia de la despensa lionesa sin necesidad de eslóganes.
En la colina de la Croix-Rousse, el pasado industrial de los tejedores de seda todavía se respira en la altura de los techos y en los grandes ventanales de los edificios que antes albergaban los telares. Hoy es un barrio de pulso bohemio donde conviven pastelerías de autor y vinotecas con un mercado diario que se extiende por el bulevar. La zona conserva un aire de comunidad que la distingue de la zona más institucional de la península.
A los pies de la colina de Fourvière se extiende el Viejo Lyon, uno de los conjuntos renacentistas más extensos de Europa. Al caminar por sus calles de piedra se percibe el peso de los siglos, aunque es una historia que no se siente estática. El barrio está vivo y es habitual encontrarse con músicos callejeros que alteran el silencio de las plazas de forma espontánea.
Lo que termina por definir la experiencia en Lyon no es la búsqueda de hitos espectaculares, sino su atmósfera equilibrada y, sobre todo, la naturalidad de su gente. Ha sido esa cercanía y la ausencia de pretensiones lo que ha transformado una simple escapada de fin de semana en un recorrido difícil de olvidar.



