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Edimburgo, una urbe de muchas caras

Edimburgo es una ciudad de pedregosos callejones medievales, de tejados puntiagudos con buhardillas y chimeneas, y de paredes de piedra ennegrecida por la historia. Envuelta en un halo de misterio, ha crecido al abrigo de numerosas leyendas e historias macabras: en esta ciudad confluyen numerosos relatos sobre brujería, asesinatos y apariciones fantasmales. Y en octubre, bajo la luz macilenta del otoño, esta urbe parece aún más enigmática.

La milenaria capital escocesa se extiende sobre siete colinas. En una de ellas se levanta, señorial e imponente, el castillo, una antigua fortaleza erigida sobre un macizo de roca volcánica, desde la que se divisa toda la ciudad.

A sus pies se encuentra la ciudad vieja, el centro medieval, donde aún se siente la inmundicia de la lúgubre e insalubre vida intramuros. Es un laberinto de edificios históricos apretados en un confuso entramado de callejas, escaleras, criptas y wynds (estrechos pasadizos) que discurren a ambos lados de la Royal Mile, la calle principal, que une el castillo con el palacio de Holyrood, residencia de la familia real británica en Escocia.

El old town aguarda imágenes emblemáticas, como la que ofrecen las alegres fachadas de Victoria Street. Esta pintoresca calle, repleta de originales tiendas, conduce a Grassmarket, siglos atrás un bullicioso mercado de ganado y lugar de ejecuciones públicas, hoy una animada zona de pubs y restaurantes.

Callejeando por el casco antiguo es fácil topar con algún gaitero ataviado con el kilt, la prenda más típica de Escocia, interpretando festivas melodías ancestrales. La música es, ciertamente, la faceta artística más desarrollada de Edimburgo. Cualquier rincón del centro histórico es perfecto para oír su ecléctica banda sonora: desde la música tradicional de las gaitas, el folk o los ceilidhs hasta los artistas urbanos y las bandas de rock alternativo.

Al norte se encuentra la elegante ciudad nueva, separada del casco antiguo por los jardines de Princes Street y construida a finales del siglo XVIII como un barrio residencial al que se trasladó la población más adinerada.

También residencial, el West End es característico por las elegantes casas georgianas, las plazas ajardinadas y las sofisticadas tiendas de William Street y Stratford Street. Si se está de paso, es buena idea bajar al valle del Water of Leith para contemplar la pintoresca Dean Village, una apacible aldea a orillas del río, un lugar diferente, mágico y encantador.

De todos modos, si hay un escenario que acapara la mayoría de fotografías de Edimburgo es, sin duda, Calton Hill, la colina que se alza en el extremo oriental de Princes Street. El ascenso es breve y sencillo, y desemboca en una ladera sembrada de monumentos neoclásicos de formas grandilocuentes que, pese a su aspecto estrafalario, se ha convertido en un escenario entrañable que adorna una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad.

Desde aquí, bajando la cuesta de Leith Walk, camino al mar, se llega a Leith, uno de los barrios más animados y polifacéticos de Edimburgo. Quien quiera aventurarse lejos del centro histórico, obtendrá una dosis adicional de historia en este distrito marítimo modelado por el agua y marcado por el comercio portuario. Dado que la actividad pesquera se trasladó a los puertos vecinos, el antiguo puerto es hoy un área revitalizada por el comercio local y las galerías de arte.

De regreso al centro de la ciudad, merece la pena fijarse en las coloridas fachadas de Leith Walk y la paralela Easter Road, y también en la variopinta oferta comercial: hay tiendas de chollos, charity shops, puestos de comida frita, restaurantes étnicos y un largo etcétera donde se puede encontrar casi de todo.

Princes Street

Princes Street

Dean Village

Dean Village

Calton Hill

Calton Hill

Leith

Leith

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